La Secretaría de la Cultura y las Artes (Sedeculta) continúa su firme descenso hacia la irrelevancia, esta vez con la muestra Dos mil rodillas cuartearon la losa, de Gonzalo Dávila Cerón. Sin rastro de la titular Patricia Martín Briceño, ni protocolos de inauguración —ni un triste listón que cortar—, la exposición se presentó con la misma desolación que un baño público a las tres de la mañana, aunque con menos encanto.

Puesta en escena: Una penumbra sin sentido
La museografía brilla por su ausencia. En un intento fallido de «clandestinidad», la iluminación es nula, carente de cualquier juego creativo que guíe la mirada. No hay sutileza, solo una disposición de objetos que no invitan a la reflexión, sino al bostezo. La propuesta, que pretende articular semiótica, antropología y arqueología desde la estética del cruising gay, termina naufragando en una vulgaridad gratuita.

De la arqueología al dildo: El caos conceptual

Dávila Cerón intenta trazar una genealogía disidente mezclando:
- El voyerismo y la escopofilia.
- Juguetes sexuales contemporáneos.
- Un dildo de bronce (réplica del hallado en la tumba del príncipe Liu Sheng).

A pesar de los términos rimbombantes sobre «reapropiación del espacio» y «regulación moral», la ejecución es burda. Lo que se promociona como una resistencia política queer resulta ser una exhibición vacía que, lejos de empoderar o representar dignamente a la comunidad LGBTQ+, se queda en el mero impacto visual de mal gusto.
Vigilancia sin visión

Si la intención era explorar el deseo y la vigilancia en los espacios públicos, el único sentimiento de «vigilancia» real fue el de los pocos asistentes cuidando de no tropezar en una sala mal iluminada. La Sedeculta reafirma su decadencia al albergar muestras donde la «curaduría» parece haber sido olvidada en algún rincón oscuro de la calle, junto con el sentido artístico de la exposición.
Una museografía en la penumbra (y no por concepto)

Si usted esperaba que el Departamento de Artes Visuales hiciera gala de su presupuesto para crear una atmósfera de «clandestinidad y vigilancia», se sentirá profundamente defraudado. No hay juego de luces, no hay intención narrativa; lo que hay es una falta de creatividad que asusta. La iluminación es tan nula que uno no sabe si está ante una pieza de «antropología queer» o simplemente ante un error en los fusibles de la Secretaría.
La puesta en escena carece de la sutileza necesaria para abordar el erotismo. En lugar de invitar a la reflexión sobre la semiótica del deseo, la muestra te arroja a la cara una vulgaridad que no logra trascender el objeto.
¿Resistencia política o simple mal gusto?
Sin embargo, el discurso se queda en el papel. Mientras el artista habla de una «historia amplia de regulación moral y social», el espectador solo ve una colección de piezas que no logran conectar. La propuesta pretende ser una bandera de identidad y resistencia, pero termina siendo un ejercicio de voyerismo barato que no empodera ni representa a la comunidad LGBTQ+; más bien, parece regodearse en el estereotipo más burdo y superficial.
Sedeculta: Una secretaría en picada
Esta muestra es el síntoma perfecto de una institución en decadencia. Cuando la «vanguardia» se confunde con la falta de oficio y la museografía con el descuido, el resultado es una exposición que no cuartea losas, sino la paciencia del público.

Una vez más, la cultura en el estado parece ser administrada por la inercia. Si el objetivo era retratar la marginalidad, felicidades: lo lograron, pero no por el arte, sino por el evidente desinterés de sus autoridades.





