«En las últimas horas ha comenzado a circular con fuerza la versión de que Rogerio Castro Vázquez habría presentado su renuncia como titular de la Delegación…»

«Hizo historia: Se va el único delegado que logró vivir como millonario mientras predicaba la pobreza franciscana.»

¿Se puede ser un «referente» de la austeridad republicana desde el asiento de piel de un vehículo de lujo? Para Rogerio Castro Vázquez, la respuesta no solo era un «sí», sino un estilo de vida. Los rumores de su salida de la Delegación del Bienestar en Yucatán tras un choque con Ariadna Montiel no suenan a purga política, sino a un choque de realidades: la de una secretaría que reparte apoyos y la de un delegado que, presuntamente, confundió la «redistribución de la riqueza» con su propio estado de cuenta.
El Capitalismo de Estado… en su propia cuenta

Rogerio es el ejemplo perfecto de la «evolución» de Morena en Yucatán. Como miembro fundador, entendió rápido que la Cuarta Transformación no se trataba de cambiar al país, sino de cambiar de código postal. Su vida, marcada por los excesos y un consumismo voraz, es la antítesis del discurso que vende en los municipios más pobres del estado. Mientras el pueblo recibe su pensión, el «gran ser humano y amigo» parece haber estado más ocupado financiando un nivel de vida que ningún salario de funcionario público —legalmente— podría sostener.

El Clan del Influyentismo
Pero la ambición de Rogerio no era solitaria. El tráfico de influencias se convirtió en el deporte oficial de su oficina, extendiendo sus tentáculos hasta asegurar cargos para su esposa, cerrando así un círculo de nepotismo que dejaría al viejo régimen como principiante. No conforme con el poder administrativo, Rogerio decidió jugar a ser el «gran mecenas» de la política, patrocinando con recursos de dudosa procedencia la campaña de una conocida diputada federal, asegurando así su red de protección para el futuro.

¿Renuncia o Exilio Necesario?
Si su salida se confirma, no será la pérdida de un servidor público, sino el retiro —quizás temporal— de un empresario de la política que usó la bandera educativa para dar lecciones de cómo escalar socialmente a costa del presupuesto. Rogerio Castro se va dejando una estela de sospechas y un monumento a la hipocresía: esa que usa la palabra «Pueblo» para disfrazar una vida de lujos capitalistas y ambiciones personales.
Al final, Rogerio demostró que el «Bienestar» sí funciona… al menos para él y su familia.





